Un descanso de cinco minutos y hay que regresar al baño para quitar la sal del ejercicio. Vestirse, peinarse y calzarse. Preparar el desayuno; alguien tiene que hacerlo. Para aprovechar el tiempo, no solo la sartén se calienta, también el auto.
Una vez listos el desayuno y el auto, llega la hora de partir al trabajo.
Laboro ocho horas oficialmente. No importa si llegas antes, nadie te lo va a agradecer; pero tampoco te puedes ir antes. Y si te vas después, no esperes una medalla: nadie te lo pidió. Es tu culpa estar antes y salir después.
No importa qué tanto resuelvas; importa el «haz lo que te digo, como te digo y a la hora que digo». De lo contrario, nada cuenta.
Regresas a casa para preparar comida, comer, lavar trastes, scrollear las redes y hacer zapping en la televisión. Nada te interesa, nada te llama. Optas por dormir; piensas que descansarás más y mejor, pero te levantarás sintiéndote mucho peor.
Buscas en Spotify sonidos para dormir, para vibrar alto y positivo, pero sueñas cosas absurdas.
Para dejar de trabajar te faltan 15 años más de lo mismo. Para jubilarte de la vida no hay fecha precisa, pero, a diferencia de lo laboral, en el trabajo de existir sí puedes «adelantar» fechas o seguir en el bucle del que parece no haber salida.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario